La historia empieza en una pequeña aldea rural del Perú, ese increíble país sudamericano, inmensamente rico y con gente extremadamente pobre. Los protagonistas dos pequeños niños, para quienes el mar no era un sitio de diversión, sino de trabajo.
Felipe, con siete años, unos inmensos ojos negros en los que se refleja la inmensidad del océano, un tierno cabello azabache azotado por el viento, y un metro y diez centímetros de estatura, encabeza la expedición playa adentro. Su hermana, Magdalena, de largos cabellos negros, tez más bien morena, un poco más pequeña que su hermano pero de correcto porte para sus cinco años, lo sigue en busca de los frutos de ese mar prodigioso que, en el último año, ha sido su medio de subsistencia.
Desde que sus padres se marcharon, las cosas en Zorritos, no volvieron a ser iguales.
Claro, los dejaron a cargo de su abuela, pero siempre debían ayudarla. Sus setenta y cinco años, no le permitían trabajar demasiado. Subsistía de las escasas ventas de su pulpería y el poco dinero que enviaban los padres de los niños. La dieta era escasa. Al fin y al cabo, la gente pobre no tiene derecho al mantel fino y al banquete excepcional. Como la carne era muy cara, de vez en cuando pedía a los niños fueran a pescar algo, para acompañar el consabido arroz de las tardes.
Pero ese lunes sería diferente. Al llegar junto al mar, en un pequeño puerto, Felipe sacó, como de costumbre, del viejo pantalón corto, verde y desteñido por el uso, un hilo nylon que tenía atado un anzuelo. Como caña servía, perfectamente, cualquier trozo de madera que el mar no considerase necesario. Magdalena, con su canasta en brazos esperaba, pacientemente, recibir los peces que el Pacífico obsequiaría. Para pasar el tiempo, soñaba con las lejanas tierras donde se encontraban sus padres. Añoraba el momento del reencuentro. Imaginaba a su madre entregándole un flamante vestido nuevo, uno que le permitiría tirar éste rosa desteñido que, alguna vez, llegó más abajo de la rodilla pero que, ahora, sólo cubría parte del muslo.
La tarde transcurría tranquila. En invierno, aunque no llueve, igual que el resto del año, es más fresco y no sofoca tanto. Por ello, suelen llegar algunos gringos a Zorritos en busca de paz. Uno de ellos era mister Norton, quien entabló amistad con la abuela Camila cuando se abastecía de víveres en la pulpería. Esa tarde, mister Norton, alquiló un caballo para pasear por el filo del mar. El alto alemán, de profundos ojos azules y pelo color miel, había visto en un par de ocasiones a los niños. Cuando los encontró, inmediatamente desmostó de la bestia para saludarlos.
- Buenas tardes jovencitos, dijo con voz ronca y ese típico acento que tienen los gringos en América Latina.
- Buenas tardes, mister, respondieron, casi a coro los peruanitos, como les llamaba cariñosamente el germano.
- ¿Está buena la pesca? Inquirió el europeo con el afán de entablar conversación.
- Aquí nunca es mala, respondió Felipe, con el tono de quien se enorgullece de lo propio.
- Mi hermano siempre pesca algo, añadió Magdalena.
Mientras el sol empezaba a ponerse en el mar, la tarea había llegado a su final pero no la visita de mister Norton quien, para esa hora, estaba completamente informado de la realidad de los niños.
- ¿No les interesaría viajar a Europa? Con mi ayuda no dudo que encontrarían a sus padres muy pronto, preguntó Norton.
- No creo que la abuela lo permita, respondió sabiamente la menor.
- Pero no tiene porque saberlo, dijo Felipe.
- No, no, sin el consentimiento de su abuela no puedo ayudarlos. Primero deberían avisar a la pobre vieja, dijo el rubio mientras volvía a su caballo y se olvidaba del asunto.
Sin embargo la idea quedó en la mente del mayor de los hermanos.
- ¿Oye, y si nos embarcamos en ese buque pesquero que llegó anoche? Al fin y al cabo dicen que va con destino a Japón. De allí debe ser fácil llegar hasta donde están papa y mamá, mencionó el hombrecito de la pareja.
- No se. Nunca he subido a un barco tan grande ¿No será muy lejos? Preguntó inquieta Magdalena.
- No creo. Hagamos la prueba. Al fin y al cabo nada perdemos.
El pacto se había sellado. Esa noche abordarían el pesquero.
No fue difícil salir de casa. Lo hacían casi todas las noches. En los pueblos pequeños nos había demasiado peligro. Además ¿qué tan lejos podían ir?
Con habilidad, camuflaron bajo sus ropas algunos víveres y pusieron algo más de ropa, sin que la pobre Camila se percatara.
A paso firme y decidido fueron al muelle. Las ganas de volver a ver a sus padres eran más fuertes que el miedo, propio de dos niños de su edad.
Aprovechando la escasa vigilancia abordaron. Una gran bodega pareció el escondite adecuado.
La puerta se cerró y empezó el viaje.
Días después un noticiero español informaba de la muerte, por asfixia, de dos pequeños polizones en un barco pesquero de bandera japonesa.
En Zorritos, Camila, desesperada, buscaba a sus nietos.
Zorritos, Tumbes, Perú,7 de septiembre de 2003.
jueves, 21 de febrero de 2008
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