Cuando salió de Caracas sólo quería llegar a su casa. Seguramente su hija lo esperaría con ansia. Se abalanzaría sobré él, con un enorme beso. Luego buscaría afanosamente las maletas. Tenía la certeza de encontrar a su esposa con esa vieja pijama rosa.
- ¿Qué tal vida?
- El, respondería secamente con un “bien, gracias”.
La escena era tan común que prácticamente podía contarla de memoria. La vieja casa, heredada a sus padres, era el escenario. Como siempre, el dormitorio, con piso plástico rojo descolorido y una alfombra naranja que demostraba la necesidad urgente de limpieza, esperaban su conversación. El contando sus peripecias en el viaje, ella quejándose amargamente de Rosa.
- Está insoportable, tiene ocho años y se cree una señorita. No se que va a pasar cuando llegue a los quince.
- Sabes que si resulta el negocio, contestará él, puedo lograr un ascenso importante. Hasta podríamos comprar otro coche.
Por lo pronto Bogotá. En dos mil kilómetros más podría verla. ¿Para qué? ¿Para oír su voz, sórdida y ligeramente chillona que llega a los oídos como alfileres que se clavan en un muñeco de Budú? ¿Para verla con sus carnes gordas y flácidas sin ningún remedio? Los años habían pasado muy rápidamente. No era la chiquilla amable y cariñosa de tiernos dieciséis que conoció. Era una señora como cualquier otra, que vivía para la limpieza de su departamento y el arreglo de su hija. ¿Acaso esas viejas pantuflas se habían convertido en parte de su cuerpo?
No podía resignarse a ese futuro. El mundo debía ser algo más. Alguna luz de esperanza debía existir.
Su suegra, seguramente, estaría ahí.
- Vi un anillo divino en nuestra joyería, le diría esperando que convenciese a su marido de adquirir una nueva deuda
Si, la vieja quería exprimirlo hasta el tuétano. Vivía para ello. El pretexto era la nieta pero su objeto exprimirlo. Y su mejor herramienta era la hija. Ojalá lo dejaran en paz. Ojalá un rayo las partiese o por lo menos las dejara afónicas. Pero no, era demasiado pedir.
Los amigos, su único refugio, poco a poco lo habían abandonado. O mejor, el los había dejado. Claro, las arpías no les permitían reunirse, so pena de un pleito de padre y señor nuestro.
- Esos vagos son los que te consumen el dinero, diría la esposa
- Claro, insistiría la piraña (como en silencio llamaba a su madre política), por eso esta familia está de mal en peor.
El prefería no discutir. Al fin y al cabo no tenía ningún sentido ellas siempre se salían con la suya.
Del fútbol ni hablar.
- Los fines de semana son para la familia, repetía su mujer frecuentemente, quedé con mamá que iríamos a la finca.
Después de todo que podían importar sus sentimientos. Se había convertido en la fuente de ingresos. Nada más.
Una voz que anunciaba la salida de un vuelo para Japón, lo sacó de sus pensamientos
- ¿Por qué no? se dijo a si mismo y encaminó sus pasos al mostrador de la aerolínea nipona.
Bogotá 19 de junio de 2004.
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miércoles, 9 de abril de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
En Zorritos (Cuento)
La historia empieza en una pequeña aldea rural del Perú, ese increíble país sudamericano, inmensamente rico y con gente extremadamente pobre. Los protagonistas dos pequeños niños, para quienes el mar no era un sitio de diversión, sino de trabajo.
Felipe, con siete años, unos inmensos ojos negros en los que se refleja la inmensidad del océano, un tierno cabello azabache azotado por el viento, y un metro y diez centímetros de estatura, encabeza la expedición playa adentro. Su hermana, Magdalena, de largos cabellos negros, tez más bien morena, un poco más pequeña que su hermano pero de correcto porte para sus cinco años, lo sigue en busca de los frutos de ese mar prodigioso que, en el último año, ha sido su medio de subsistencia.
Desde que sus padres se marcharon, las cosas en Zorritos, no volvieron a ser iguales.
Claro, los dejaron a cargo de su abuela, pero siempre debían ayudarla. Sus setenta y cinco años, no le permitían trabajar demasiado. Subsistía de las escasas ventas de su pulpería y el poco dinero que enviaban los padres de los niños. La dieta era escasa. Al fin y al cabo, la gente pobre no tiene derecho al mantel fino y al banquete excepcional. Como la carne era muy cara, de vez en cuando pedía a los niños fueran a pescar algo, para acompañar el consabido arroz de las tardes.
Pero ese lunes sería diferente. Al llegar junto al mar, en un pequeño puerto, Felipe sacó, como de costumbre, del viejo pantalón corto, verde y desteñido por el uso, un hilo nylon que tenía atado un anzuelo. Como caña servía, perfectamente, cualquier trozo de madera que el mar no considerase necesario. Magdalena, con su canasta en brazos esperaba, pacientemente, recibir los peces que el Pacífico obsequiaría. Para pasar el tiempo, soñaba con las lejanas tierras donde se encontraban sus padres. Añoraba el momento del reencuentro. Imaginaba a su madre entregándole un flamante vestido nuevo, uno que le permitiría tirar éste rosa desteñido que, alguna vez, llegó más abajo de la rodilla pero que, ahora, sólo cubría parte del muslo.
La tarde transcurría tranquila. En invierno, aunque no llueve, igual que el resto del año, es más fresco y no sofoca tanto. Por ello, suelen llegar algunos gringos a Zorritos en busca de paz. Uno de ellos era mister Norton, quien entabló amistad con la abuela Camila cuando se abastecía de víveres en la pulpería. Esa tarde, mister Norton, alquiló un caballo para pasear por el filo del mar. El alto alemán, de profundos ojos azules y pelo color miel, había visto en un par de ocasiones a los niños. Cuando los encontró, inmediatamente desmostó de la bestia para saludarlos.
- Buenas tardes jovencitos, dijo con voz ronca y ese típico acento que tienen los gringos en América Latina.
- Buenas tardes, mister, respondieron, casi a coro los peruanitos, como les llamaba cariñosamente el germano.
- ¿Está buena la pesca? Inquirió el europeo con el afán de entablar conversación.
- Aquí nunca es mala, respondió Felipe, con el tono de quien se enorgullece de lo propio.
- Mi hermano siempre pesca algo, añadió Magdalena.
Mientras el sol empezaba a ponerse en el mar, la tarea había llegado a su final pero no la visita de mister Norton quien, para esa hora, estaba completamente informado de la realidad de los niños.
- ¿No les interesaría viajar a Europa? Con mi ayuda no dudo que encontrarían a sus padres muy pronto, preguntó Norton.
- No creo que la abuela lo permita, respondió sabiamente la menor.
- Pero no tiene porque saberlo, dijo Felipe.
- No, no, sin el consentimiento de su abuela no puedo ayudarlos. Primero deberían avisar a la pobre vieja, dijo el rubio mientras volvía a su caballo y se olvidaba del asunto.
Sin embargo la idea quedó en la mente del mayor de los hermanos.
- ¿Oye, y si nos embarcamos en ese buque pesquero que llegó anoche? Al fin y al cabo dicen que va con destino a Japón. De allí debe ser fácil llegar hasta donde están papa y mamá, mencionó el hombrecito de la pareja.
- No se. Nunca he subido a un barco tan grande ¿No será muy lejos? Preguntó inquieta Magdalena.
- No creo. Hagamos la prueba. Al fin y al cabo nada perdemos.
El pacto se había sellado. Esa noche abordarían el pesquero.
No fue difícil salir de casa. Lo hacían casi todas las noches. En los pueblos pequeños nos había demasiado peligro. Además ¿qué tan lejos podían ir?
Con habilidad, camuflaron bajo sus ropas algunos víveres y pusieron algo más de ropa, sin que la pobre Camila se percatara.
A paso firme y decidido fueron al muelle. Las ganas de volver a ver a sus padres eran más fuertes que el miedo, propio de dos niños de su edad.
Aprovechando la escasa vigilancia abordaron. Una gran bodega pareció el escondite adecuado.
La puerta se cerró y empezó el viaje.
Días después un noticiero español informaba de la muerte, por asfixia, de dos pequeños polizones en un barco pesquero de bandera japonesa.
En Zorritos, Camila, desesperada, buscaba a sus nietos.
Zorritos, Tumbes, Perú,7 de septiembre de 2003.
Felipe, con siete años, unos inmensos ojos negros en los que se refleja la inmensidad del océano, un tierno cabello azabache azotado por el viento, y un metro y diez centímetros de estatura, encabeza la expedición playa adentro. Su hermana, Magdalena, de largos cabellos negros, tez más bien morena, un poco más pequeña que su hermano pero de correcto porte para sus cinco años, lo sigue en busca de los frutos de ese mar prodigioso que, en el último año, ha sido su medio de subsistencia.
Desde que sus padres se marcharon, las cosas en Zorritos, no volvieron a ser iguales.
Claro, los dejaron a cargo de su abuela, pero siempre debían ayudarla. Sus setenta y cinco años, no le permitían trabajar demasiado. Subsistía de las escasas ventas de su pulpería y el poco dinero que enviaban los padres de los niños. La dieta era escasa. Al fin y al cabo, la gente pobre no tiene derecho al mantel fino y al banquete excepcional. Como la carne era muy cara, de vez en cuando pedía a los niños fueran a pescar algo, para acompañar el consabido arroz de las tardes.
Pero ese lunes sería diferente. Al llegar junto al mar, en un pequeño puerto, Felipe sacó, como de costumbre, del viejo pantalón corto, verde y desteñido por el uso, un hilo nylon que tenía atado un anzuelo. Como caña servía, perfectamente, cualquier trozo de madera que el mar no considerase necesario. Magdalena, con su canasta en brazos esperaba, pacientemente, recibir los peces que el Pacífico obsequiaría. Para pasar el tiempo, soñaba con las lejanas tierras donde se encontraban sus padres. Añoraba el momento del reencuentro. Imaginaba a su madre entregándole un flamante vestido nuevo, uno que le permitiría tirar éste rosa desteñido que, alguna vez, llegó más abajo de la rodilla pero que, ahora, sólo cubría parte del muslo.
La tarde transcurría tranquila. En invierno, aunque no llueve, igual que el resto del año, es más fresco y no sofoca tanto. Por ello, suelen llegar algunos gringos a Zorritos en busca de paz. Uno de ellos era mister Norton, quien entabló amistad con la abuela Camila cuando se abastecía de víveres en la pulpería. Esa tarde, mister Norton, alquiló un caballo para pasear por el filo del mar. El alto alemán, de profundos ojos azules y pelo color miel, había visto en un par de ocasiones a los niños. Cuando los encontró, inmediatamente desmostó de la bestia para saludarlos.
- Buenas tardes jovencitos, dijo con voz ronca y ese típico acento que tienen los gringos en América Latina.
- Buenas tardes, mister, respondieron, casi a coro los peruanitos, como les llamaba cariñosamente el germano.
- ¿Está buena la pesca? Inquirió el europeo con el afán de entablar conversación.
- Aquí nunca es mala, respondió Felipe, con el tono de quien se enorgullece de lo propio.
- Mi hermano siempre pesca algo, añadió Magdalena.
Mientras el sol empezaba a ponerse en el mar, la tarea había llegado a su final pero no la visita de mister Norton quien, para esa hora, estaba completamente informado de la realidad de los niños.
- ¿No les interesaría viajar a Europa? Con mi ayuda no dudo que encontrarían a sus padres muy pronto, preguntó Norton.
- No creo que la abuela lo permita, respondió sabiamente la menor.
- Pero no tiene porque saberlo, dijo Felipe.
- No, no, sin el consentimiento de su abuela no puedo ayudarlos. Primero deberían avisar a la pobre vieja, dijo el rubio mientras volvía a su caballo y se olvidaba del asunto.
Sin embargo la idea quedó en la mente del mayor de los hermanos.
- ¿Oye, y si nos embarcamos en ese buque pesquero que llegó anoche? Al fin y al cabo dicen que va con destino a Japón. De allí debe ser fácil llegar hasta donde están papa y mamá, mencionó el hombrecito de la pareja.
- No se. Nunca he subido a un barco tan grande ¿No será muy lejos? Preguntó inquieta Magdalena.
- No creo. Hagamos la prueba. Al fin y al cabo nada perdemos.
El pacto se había sellado. Esa noche abordarían el pesquero.
No fue difícil salir de casa. Lo hacían casi todas las noches. En los pueblos pequeños nos había demasiado peligro. Además ¿qué tan lejos podían ir?
Con habilidad, camuflaron bajo sus ropas algunos víveres y pusieron algo más de ropa, sin que la pobre Camila se percatara.
A paso firme y decidido fueron al muelle. Las ganas de volver a ver a sus padres eran más fuertes que el miedo, propio de dos niños de su edad.
Aprovechando la escasa vigilancia abordaron. Una gran bodega pareció el escondite adecuado.
La puerta se cerró y empezó el viaje.
Días después un noticiero español informaba de la muerte, por asfixia, de dos pequeños polizones en un barco pesquero de bandera japonesa.
En Zorritos, Camila, desesperada, buscaba a sus nietos.
Zorritos, Tumbes, Perú,7 de septiembre de 2003.
miércoles, 16 de enero de 2008
Golpe de Estado (Cuento)
La tarde languidecía tristemente sin que nada nuevo entrara por la puerta de su despacho o por su vida. El triste burócrata, arrimado con la mano en la mejilla sobre el viejo teclado de su máquina Olympia, escuchaba las noticias que la radio, desde muy temprano, empezó a transmitir. En la lejana Capital, un fuerte movimiento social quería destituir al Presidente de la República. Le parecía lo justo. Al fin y al cabo, al igual que todos sus antecesores, hizo muchas promesas pero muy pocas realidades. Algo parecido había sucedido en su juventud. Claro, los actores eran otros.
A sus mozos veinte años, con una carrera universitaria por delante, se convirtió, no con mucho esfuerzo, en dirigente estudiantil. La gloriosa Universidad Mayor de la Capital de la República, lo acogió en su seno para formarlo, instruirlo y, por supuesto, ayudarle a luchar junto al pueblo ¡Cuántos ideales corrían por la sangre de los universitarios!
Y cuanta sangre de la gente corría por las calles. Pero no era inútil. Era el abono para que el árbol de las nuevas generaciones crezca fuerte y con un follaje abundante.
Las recién asfaltadas avenidas que rodeaban a la nueva casona, con frecuencia, se convertían en el campo de batalla donde los estudiantes enfrentaban a las temibles fuerzas opresoras del régimen. Pero necesitaban que la masa los acompañe. Ese pueblo por el que peleaban diariamente y que, probablemente, no entendía nada de los altos ideales que los movían, parecía ajeno a su futuro. Como si no importara. Pero importaba. Su lucha era para ellos. Que falsos eran esos agentes del imperialismo, que insinuaban que los estudiantes eran manipulados por gente cuyo único afán era quedarse con la Universidad.
¡Ellos, los mejores pensadores de su época, manipulados! ¡Jamás! Como se les ocurría pensar en tamaña estupidez. Lo que pasaba era que, la oligarquía corrupta estaba asustada. Sentía perder sus espacios. Por fin habría una universidad del pueblo y para el pueblo. Ahí empezarían a cambiar las cosas.
Fue en una de esas revueltas donde la conoció. Llegó con una pequeña faldita de color azul que lucía muy bien con la blusa llena de flores y el suéter blanco sobre los hombros. No le gustaron mucho sus zapatos negros enfundados sobre unas pequeñas medias blancas, pero su sonrisa lo cautivó. Esos inmensos ojos negros cubiertos por rizadas pestañas no permitían que aleje su mirada ¿De donde salió esta chiquilla de tez blanca y voz de ángel? En medio de la revuelta hicieron amistad. Sandra, como se llamaba la joven, al igual que él, soñaba con una fuerte transformación social.
La frutería, que estaba frente a la Plaza Universitaria, era su lugar de reuniones y planificación revolucionaria. Y de encuentros furtivos, donde las miradas se cruzaban anhelantes. Poco a poco la amistad se fue profundizando hasta que una tarde el cómplice cuarto de un compañero, fue el lugar donde el amor se realizó plenamente. Sus torpes caricias y la timidez de Sandra produjeron un momento que pasó del pánico a lo sublime.
La pasión destronó rápidamente a los ideales revolucionarios. Sus nuevas preocupaciones se centraban en sus planes para el futuro. Al fin y al cabo, sus nobles compañeros de Partido, tenían controladas las cosas y, con ayuda de la Universidad, lograrían el necesario cambio social. Su idealistas profesores, alentaban a los alumnos sin ningún interés personal y sólo movidos por su profundo amor a las causa populares. ¿Habría mejores manos para dejar depositados sus sueños?
La necesidad de abandonar la Universidad y empezar a trabajar llego cuando Sandra le comunicó la llegada de su primer heredero. Aunque no estaban casados, esto no sería un obstáculo. Con el triunfo de la Revolución, el niño tenía asegurado su futuro. Sin embargo, para cumplir con los formalismos sociales y no decepcionar a los padres de ella, decidieron casarse. Lo hicieron en una vieja iglesia colonial del centro de la ciudad. Nombraron como padrino del novio a un viejo amigo de su padre, que para la época era subsecretario de agricultura. Fue quien le ayudó a conseguir empleo en el Ministerio. Entró como empleado de documentación y archivo. Sería un trabajo temporal. Cuando triunfe la revolución las cosas cambiarían. Sus nobles profesores no se olvidarían de él y de sus luchas, como no lo harían con nadie de este sufrido pueblo. Sin embargo, algunos sectores reaccionarios insistían en eso de la manipulación ¡Tamaña mentira!
Han pasado treinta y cinco años desde esas épocas. Llegaron cuatro niños más y una gigantesca hipoteca por la casa donde vive. También vino una deuda grande y de largo plazo por su Chevrolet Corsa. Aunque ya no trabaja en documentación, pues ahora es asistente administrativo III, las cosas en el País no han cambiado mucho. La Revolución se sigue trabajando. Sus profesores, ahora altos directivos de la Universidad, no han renunciado a sus ideales y aunque el imperialismo dice muchas cosas sobre el nepotismo reinante en esa institución, el hecho de que los hijos de sus maestros sean los nuevos profesores en la vieja Casona, es simple coincidencia.
Loja, inicios del 2007.
A sus mozos veinte años, con una carrera universitaria por delante, se convirtió, no con mucho esfuerzo, en dirigente estudiantil. La gloriosa Universidad Mayor de la Capital de la República, lo acogió en su seno para formarlo, instruirlo y, por supuesto, ayudarle a luchar junto al pueblo ¡Cuántos ideales corrían por la sangre de los universitarios!
Y cuanta sangre de la gente corría por las calles. Pero no era inútil. Era el abono para que el árbol de las nuevas generaciones crezca fuerte y con un follaje abundante.
Las recién asfaltadas avenidas que rodeaban a la nueva casona, con frecuencia, se convertían en el campo de batalla donde los estudiantes enfrentaban a las temibles fuerzas opresoras del régimen. Pero necesitaban que la masa los acompañe. Ese pueblo por el que peleaban diariamente y que, probablemente, no entendía nada de los altos ideales que los movían, parecía ajeno a su futuro. Como si no importara. Pero importaba. Su lucha era para ellos. Que falsos eran esos agentes del imperialismo, que insinuaban que los estudiantes eran manipulados por gente cuyo único afán era quedarse con la Universidad.
¡Ellos, los mejores pensadores de su época, manipulados! ¡Jamás! Como se les ocurría pensar en tamaña estupidez. Lo que pasaba era que, la oligarquía corrupta estaba asustada. Sentía perder sus espacios. Por fin habría una universidad del pueblo y para el pueblo. Ahí empezarían a cambiar las cosas.
Fue en una de esas revueltas donde la conoció. Llegó con una pequeña faldita de color azul que lucía muy bien con la blusa llena de flores y el suéter blanco sobre los hombros. No le gustaron mucho sus zapatos negros enfundados sobre unas pequeñas medias blancas, pero su sonrisa lo cautivó. Esos inmensos ojos negros cubiertos por rizadas pestañas no permitían que aleje su mirada ¿De donde salió esta chiquilla de tez blanca y voz de ángel? En medio de la revuelta hicieron amistad. Sandra, como se llamaba la joven, al igual que él, soñaba con una fuerte transformación social.
La frutería, que estaba frente a la Plaza Universitaria, era su lugar de reuniones y planificación revolucionaria. Y de encuentros furtivos, donde las miradas se cruzaban anhelantes. Poco a poco la amistad se fue profundizando hasta que una tarde el cómplice cuarto de un compañero, fue el lugar donde el amor se realizó plenamente. Sus torpes caricias y la timidez de Sandra produjeron un momento que pasó del pánico a lo sublime.
La pasión destronó rápidamente a los ideales revolucionarios. Sus nuevas preocupaciones se centraban en sus planes para el futuro. Al fin y al cabo, sus nobles compañeros de Partido, tenían controladas las cosas y, con ayuda de la Universidad, lograrían el necesario cambio social. Su idealistas profesores, alentaban a los alumnos sin ningún interés personal y sólo movidos por su profundo amor a las causa populares. ¿Habría mejores manos para dejar depositados sus sueños?
La necesidad de abandonar la Universidad y empezar a trabajar llego cuando Sandra le comunicó la llegada de su primer heredero. Aunque no estaban casados, esto no sería un obstáculo. Con el triunfo de la Revolución, el niño tenía asegurado su futuro. Sin embargo, para cumplir con los formalismos sociales y no decepcionar a los padres de ella, decidieron casarse. Lo hicieron en una vieja iglesia colonial del centro de la ciudad. Nombraron como padrino del novio a un viejo amigo de su padre, que para la época era subsecretario de agricultura. Fue quien le ayudó a conseguir empleo en el Ministerio. Entró como empleado de documentación y archivo. Sería un trabajo temporal. Cuando triunfe la revolución las cosas cambiarían. Sus nobles profesores no se olvidarían de él y de sus luchas, como no lo harían con nadie de este sufrido pueblo. Sin embargo, algunos sectores reaccionarios insistían en eso de la manipulación ¡Tamaña mentira!
Han pasado treinta y cinco años desde esas épocas. Llegaron cuatro niños más y una gigantesca hipoteca por la casa donde vive. También vino una deuda grande y de largo plazo por su Chevrolet Corsa. Aunque ya no trabaja en documentación, pues ahora es asistente administrativo III, las cosas en el País no han cambiado mucho. La Revolución se sigue trabajando. Sus profesores, ahora altos directivos de la Universidad, no han renunciado a sus ideales y aunque el imperialismo dice muchas cosas sobre el nepotismo reinante en esa institución, el hecho de que los hijos de sus maestros sean los nuevos profesores en la vieja Casona, es simple coincidencia.
Loja, inicios del 2007.
Miedo a la Soledad (Cuento)
Termina el otoño en Montevideo. La ropa abrigada y los guantes dan paso a los pantalones cortos y las sandalias. La playa empieza poblarse al borde de los exclusivos chaletes. Los hoteles, repletos de turistas que buscan Punta del Este, miran impávidos como los citadinos de a poco empiezan a cambiar su humor. Entre los eucaliptos del Parque Roosvelt, los intrépidos atletas del verano poco a poco salen a lucir su físico. Las primeras temperaturas altas delatan la cercanía del tiempo de sol y agua.
Aprovechando un día sombreado salgo pasearme por sus avenidas, a recorrer la peatonal, y caminar por la ciudad antigua hasta llegar al mercado del puerto. Decido entrar en “El Carbonero” Al fin y al cabo el bife nunca pasa de moda y queda mucho mejor si se acompaña con un buen Tanat del 2003 a 18 grados. Los uruguayos, con su trato amable al turista y particularmente propensos a conversar sobre el mundo, alegran el ambiente mientras espero mi carne pasada de punto. Un poco de pan, queso mantequilla y jamón ayudan a combatir el hambre y hacen más llevadera la espera. En la barra un mozo de unos veinte años aguarda por una orden. Afuera, en el corredor todavía cubierto con plástico para las lluvias, una joven familia disfruta de sus hijos.
Las viejas mesas y sus sillas de madera crujen cada vez que alguien intenta tomar un trozo de chorizo o cortar unos chinchulines.
La mesa del frente es tomada por una dulce pareja de ancianos. El mozo que les atiende, un poco regordete y con lentes, les sugiere no se que cosa. Discuten y finalmente asienten con la cabeza. El debe tener unos setenta y cinco años. Su pelo cubierto de canas lo delata. Su apariencia senil se acentúa tras los lentes que reposan en su aguileña nariz y esconden sus pequeños ojos negros. Cuando se ríe, los labios finos de su boca, dejan ver una radiante sonrisa ¿Será postiza? Ella, con su pelo teñido de rubio, aunque un poco descolorido, no permite que se le vean las canas. Sus grandes lentes esconden unos profundos ojos azules que, seguramente, conquistaron el corazón de su galán, aunque ahora luzcan un poco disminuidos por las profundas comisuras que los años han dejado en su rostro.
Cuando el mozo se retira retoman su conversación.
- Y yo te dije que no volvería, señala con firmeza el hombre
- Dejá Anselmo de ser tan pesimista. El Nene volverá.
- Creés Vieja que una vez que se conoce Buenos Aires se puede abandonar esa ciudad
- Y mirá, hay tanta gente…
- No seás ingenua. Seguramente conocerá alguien, se casará y nos visitará en las navidades. ¿Es que la vida no te ha enseñado nada María Marta?
- No, no es eso. Es que simplemente me gusta ver el futuro con optimismo.
El mozo los interrumpe trayendo los consabidos entremeses previos a la comida. Anselmo ordena un botella de vino blanco
- Siempre va bien con el salmón, dice con aire de profunda sabiduría
- Buen gusto, asegura en tono cortés el mesero.
Un grupo de jóvenes irrumpe en el salón. Su griterío impide que siga escuchando el coloquio de los ancianos. Cuando los adolescentes por fin pasan al salón que mira al puerto, ella, como queriendo seguir con el tema, pregunta por qué le molesta tanto el viaje de Anselmito.
- Y, no se. Debe ser el miedo a la soledad.
- Creo que eres demasiado temático. Sabías que algún día iba a pasar
- Si, pero no tan pronto. ¿Recuerdas cuando nació?
- Como voy a olvidarlo. Era tan mono. Sus rizos dorados y su pequeña boca. Todo el mundo decía que se parecía a mi.
- Si como no, contesta con brusquedad el hombre.
- Pero si vos tenés el pelo castaño
- Pero mirá su nariz y su boca. Son exactas a la mía.
- Y, esas son fijaciones de viejo, asegura ella con cierto sarcasmo.
El hombre se queda callado y se concentra en la ventana. El viento, que empieza a soplar como indicando su retirada otoñal, le da un breve descanso al humo que sale de la parrilla. El anciano toma “El Observador” y empieza a ojearlo.
- Estos militares son unos descarados, dice Anselmo en voz alta
- Siempre sabían donde estaban, asegura María Marta
Entiendo que se refieren al reciente encuentro de dos cadáveres de jóvenes desaparecidos durante la dictadura militar. ¡Una dictadura militar en un país civilizado! Pienso mientras me distraigo de la conversación de los ancianos. En la calle parece que empieza a llover. La gente que camina por la plazoleta que da al mercado, apresura sus pasos. Se arremolinan sobre los negros taxis con sus techos amarillos. El tiempo pasa lentamente dentro del restaurante. Quizá si estuviera afuera las cosas serían distintas. El mozo llega con el vino a la mesa mis vecinos. Anselmo sólo dice un seco gracias mientras refunde su nariz en la sección de política. Ella mira distraídamente hacia la mesa contigua.
Cuando les llega la comida, Anselmo en tono de reclamo escupe un ya era hora al mesero. El camarero no responde. Sirve y pregunta si desean algo más.
- No gracias joven, dice con dulzura María Marta
Cuando el tipo del servicio se retira, ella continúa:
- No se Anselmo, pero me parece que exageras con lo de Anselmito. Al fin y al cabo es tu nieto y no tu hijo.
- Pero tu sabés como lo quiero
- Y yo se, pero un niño de cinco años tiene derecho a viajar con sus padres de vacaciones.
Santiago de Chile, 1 de diciembre de 2005.
Aprovechando un día sombreado salgo pasearme por sus avenidas, a recorrer la peatonal, y caminar por la ciudad antigua hasta llegar al mercado del puerto. Decido entrar en “El Carbonero” Al fin y al cabo el bife nunca pasa de moda y queda mucho mejor si se acompaña con un buen Tanat del 2003 a 18 grados. Los uruguayos, con su trato amable al turista y particularmente propensos a conversar sobre el mundo, alegran el ambiente mientras espero mi carne pasada de punto. Un poco de pan, queso mantequilla y jamón ayudan a combatir el hambre y hacen más llevadera la espera. En la barra un mozo de unos veinte años aguarda por una orden. Afuera, en el corredor todavía cubierto con plástico para las lluvias, una joven familia disfruta de sus hijos.
Las viejas mesas y sus sillas de madera crujen cada vez que alguien intenta tomar un trozo de chorizo o cortar unos chinchulines.
La mesa del frente es tomada por una dulce pareja de ancianos. El mozo que les atiende, un poco regordete y con lentes, les sugiere no se que cosa. Discuten y finalmente asienten con la cabeza. El debe tener unos setenta y cinco años. Su pelo cubierto de canas lo delata. Su apariencia senil se acentúa tras los lentes que reposan en su aguileña nariz y esconden sus pequeños ojos negros. Cuando se ríe, los labios finos de su boca, dejan ver una radiante sonrisa ¿Será postiza? Ella, con su pelo teñido de rubio, aunque un poco descolorido, no permite que se le vean las canas. Sus grandes lentes esconden unos profundos ojos azules que, seguramente, conquistaron el corazón de su galán, aunque ahora luzcan un poco disminuidos por las profundas comisuras que los años han dejado en su rostro.
Cuando el mozo se retira retoman su conversación.
- Y yo te dije que no volvería, señala con firmeza el hombre
- Dejá Anselmo de ser tan pesimista. El Nene volverá.
- Creés Vieja que una vez que se conoce Buenos Aires se puede abandonar esa ciudad
- Y mirá, hay tanta gente…
- No seás ingenua. Seguramente conocerá alguien, se casará y nos visitará en las navidades. ¿Es que la vida no te ha enseñado nada María Marta?
- No, no es eso. Es que simplemente me gusta ver el futuro con optimismo.
El mozo los interrumpe trayendo los consabidos entremeses previos a la comida. Anselmo ordena un botella de vino blanco
- Siempre va bien con el salmón, dice con aire de profunda sabiduría
- Buen gusto, asegura en tono cortés el mesero.
Un grupo de jóvenes irrumpe en el salón. Su griterío impide que siga escuchando el coloquio de los ancianos. Cuando los adolescentes por fin pasan al salón que mira al puerto, ella, como queriendo seguir con el tema, pregunta por qué le molesta tanto el viaje de Anselmito.
- Y, no se. Debe ser el miedo a la soledad.
- Creo que eres demasiado temático. Sabías que algún día iba a pasar
- Si, pero no tan pronto. ¿Recuerdas cuando nació?
- Como voy a olvidarlo. Era tan mono. Sus rizos dorados y su pequeña boca. Todo el mundo decía que se parecía a mi.
- Si como no, contesta con brusquedad el hombre.
- Pero si vos tenés el pelo castaño
- Pero mirá su nariz y su boca. Son exactas a la mía.
- Y, esas son fijaciones de viejo, asegura ella con cierto sarcasmo.
El hombre se queda callado y se concentra en la ventana. El viento, que empieza a soplar como indicando su retirada otoñal, le da un breve descanso al humo que sale de la parrilla. El anciano toma “El Observador” y empieza a ojearlo.
- Estos militares son unos descarados, dice Anselmo en voz alta
- Siempre sabían donde estaban, asegura María Marta
Entiendo que se refieren al reciente encuentro de dos cadáveres de jóvenes desaparecidos durante la dictadura militar. ¡Una dictadura militar en un país civilizado! Pienso mientras me distraigo de la conversación de los ancianos. En la calle parece que empieza a llover. La gente que camina por la plazoleta que da al mercado, apresura sus pasos. Se arremolinan sobre los negros taxis con sus techos amarillos. El tiempo pasa lentamente dentro del restaurante. Quizá si estuviera afuera las cosas serían distintas. El mozo llega con el vino a la mesa mis vecinos. Anselmo sólo dice un seco gracias mientras refunde su nariz en la sección de política. Ella mira distraídamente hacia la mesa contigua.
Cuando les llega la comida, Anselmo en tono de reclamo escupe un ya era hora al mesero. El camarero no responde. Sirve y pregunta si desean algo más.
- No gracias joven, dice con dulzura María Marta
Cuando el tipo del servicio se retira, ella continúa:
- No se Anselmo, pero me parece que exageras con lo de Anselmito. Al fin y al cabo es tu nieto y no tu hijo.
- Pero tu sabés como lo quiero
- Y yo se, pero un niño de cinco años tiene derecho a viajar con sus padres de vacaciones.
Santiago de Chile, 1 de diciembre de 2005.
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