Perder
Gabriel Ulpiano García Torres
Perder, en medio de un mundo que exige ser exitosos, impone como condena el despojo de nuestra condición de humanos. Con la derrota suele venir el exilio y la búsqueda de otras tierras, de nuevos paraísos. Pero allí no somos hombres, somos engranajes de una máquina a la que serviremos mientras nuestras piezas no se desgasten. Después nos arrojarán de sus patrias maravillosas.
Con el fracaso también viene el abandono. Aquellos que creíamos pilares se alejan silenciosos, como huyendo de la lepra. Las llamadas frecuentes se acaban y la fiesta a la que fuimos siempre convidados, se celebra sin nosotros. Aquellas familias que parecían un sólido muro, apenas si estaban construidas con cartón prensado. Nos volvemos un estorbo; no una persona, sino una cosa incómoda.
Es cuando toca recoger los pedazos, tratar de armarse sin tener un plano. Encontrarnos en el fondo con los otros, con los que Galeano llamaba los nadies, pero sin esperanza de que algún día llueva riqueza; derrotados por la vida. A veces perdemos cuando jóvenes, allí siempre hay un atisbo de esperanza. Cuando la caída se produce en el tiempo en que las sienes blanquean, entendemos que no hay vuelta atrás, que así pasó la vida. Llega el hastío.
Zweig, que lo perdió todo aún ganando trascender con su pluma, hizo su último viaje al Brasil para quitarse, de una vez por todas, el peso de una sociedad que buscaba, afanosamente, acabarse. Luego, por un breve lapso de tiempo, parecía que las cosas cambiaban, que el planeta empezaba a mejorar. Sin embargo, de repente y con toda la fuerza, la barbarie vuelve.
Los nuevos bárbaros, los que estamos en la periferia del planeta, no podemos entrar en las marmoleas ciudadelas del primer mundo. A veces, en pateras, tratamos de tocar sus playas que imaginamos cubiertas con arena de oro, pero justo al llegar nos vuelven a recordar que llevamos la culpa de ser nacidos en el sur. Otras veces, en camiones de ganado, queremos llegar a la otra orilla del río Bravo. Si lo logramos, enmascarados que tienen capacidad para expulsarnos, nos buscarán por haber entrado rompiendo sus reglas.
Pero eso no basta. Ahora quieren que perdamos la voz. El hecho de expresar estas ideas puede ser visto como una amenaza. Es malo pensar, solo hay que acatar. La genuflexión es el destino del hundido. Los salvados son otros, aquellos que nacieron con otra estrella.
También hay quienes, aceptando mucho dinero, pierden. Seguramente la idea del progreso los lleva a recibir unos denarios a cambio de la traición a sus propios sueños. Luego suelo viene la esclavitud. Y la amenaza permanente y con ella la tragedia.
En fin, es tiempo de pensar que perder no significa nada, que el mayor regalo siempre está en la propia vida y que defenderla siempre será la mayor de las victorias y la mejor forma de derrotar a aquellos que piensan en expulsarnos del reino de lo humano.
Loja, 16 de enero de 2026

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