Crónica:
La carterita de charol
Gabriel Ulpiano García Torres
Era pequeñita y brillante. No podías colgarla en el hombro, debías llevarla a la mano. Esa carterita de charol no era para usarse todos los días; estaba reservada para la misa del domingo. En ella guardabas tu relicario de Santa Marianita, el rosario con olor a rosas que te trajeron de Israel, los devocionarios de terciaria y un pañuelito pequeño, coqueto, digno de tus bucles rubios y tus hermosos ojos azules que, sin quererlo, opacaban el cielo de octubre.
No creías en el maquillaje, decías que bastaba con lavarse la cara con agua y con jabón. Seguramente asegurabas eso porque te veías en el espejo, con esa belleza única, con ese rostro que tenía por centro una nariz pequeña y una boca hermosa en la que los dientes, no del todo alineados, te hacían profundamente humana, real, sincera.
Pero eso no era lo más bello, sino simplemente lo que envolvía tu hermosura. Cuando perdiste a tu único hermano, que no llegaba a veintiún años y luego a tu mamá, te convertiste en el roble que sostuvo a tu papá, ese buen hombre que quería lo mejor para ti; que te propuso educarte en esa Lima de mediados del siglo veinte, aristocrática y señorial. Pero no dudaste y renunciaste a la metrópoli para poder estar a su lado.
Al final te ganó el amor. Llegó él, el Utopista. Soñaba con un mundo de iguales y renunciaba a todo lo terrenal a favor de sus ideas. Y lo seguiste, le consagraste tu vida, fuiste la madre de sus hijos; su compañera cuando emprendió negocios y cuando quebró. Lo animaste en la cátedra universitaria, para que la dedicación superior se preocupe del trabajo social.
La casa que compraron, con préstamo de la seguridad social y el abuso de algún usurero, fue el lugar donde desayunaban los compañeros de utopía, con los que se iban a convencer a la gente de que se podía construir un futuro diferente. Viajes interminables, llevando siempre un termo con café y un par de sándwiches, que a veces terminaban llenos de risas y otras con aprietos. Tuvieron grandes momentos y enormes derrotas, pero siempre juntos.
Luego, la vida fue pasando. Las angustias urgentes cedieron el paso a una estancia más tranquila. Con su jubilación, lograron comprar el Fiat Uno color gris. Fue su último auto y quizás el que más disfrutaron. Las tardes se convertían en un largo paseo del que volvían con una bolsa de pan y algo de leche. Las calles de la pequeñita ciudad los conocían. Paseaban con la conciencia de que su integridad estaba intacta, a pesar de las enormes tentaciones de la política. Eso te bastaba, siempre inteligente, creadora, silenciosa y fuerte.
Tu amor se fue primero y, con él, el brillo de tus ojos. Aunque los nietos llenaban tus días, su recuerdo y la nostalgia de seguir caminando, convenciendo voluntades, hacían que lo extrañaras más.
Luego, el cuerpo te fue cobrando la factura. Tu corazón, que imagino pequeño como tus lindos pies, se fue cansando. Sin embargo, no te rendiste. Dijeron que te afectaba el azúcar, la presión arterial y no sé qué cosas más. Pero el golpe artero vino de los pulmones, de ese par de gemelos que por años acompañaron el cigarro del Utopista. Te fue faltando el aliento. Al final me dijiste, “estoy bien, sólo un poco cansada” y cerraste para siempre ese horizonte que tenías por mirada.
Nunca nadie más abrió tu carterita de charol.
Loja, 14 de marzo de 2026.

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