Edipo Rey
Gabriel U. García T.
Esquilo, Sófocles y Eurípides fueron los tres grandes dramaturgos de la antigua Grecia. De la pluma del segundo nace la narración sobre la vida de Edipo, un joven y arrogante gobernante que, cuando Tebas está abatida por la peste, ordena a Creonte, su cuñado y hombre de confianza, viajar a Delfos para consultar con el oráculo como enfrentar el desastre.
A su regreso Creonte es recibido con olivos por la buena nueva de la que es portador. En efecto, la peste será vencida cuando se consiga detener y castigar, con el máximo rigor posible, a los asesinos de Layo, anterior rey de Tebas. Edipo, con la elocuencia que le caracteriza, exalta a la gente y promete no descansar hasta descubrir a los culpables de la “macha abominable” que cubre al reino.
Para saber quienes dieron muerte a su antecesor, recurre a Tiresias, un adivino ciego, que sugiere prudencia al gobernante. El arrogante rey lo confronta y cree que esa prudencia pudiera deberse a la traición. Frente a eso el adivinador declara que el asesino es el propio Edipo. Montando en cólera, el mandatario afirma que el verdadero homicida es el ciego y por ello levanta semejante calumnia. El nigromante se siente tranquilo pues lleva consigo la fuerza de la verdad.
La genial pluma de Sófocles nos lleva a descubrir que Edipo es hijo de su propia esposa, Yocasta, quien le había abandonado hace mucho tiempo al conocer una profecía que señalaba al infante como posible autor de la muerte de Layo, su marido.
Una serie de coincidencias, que el dramaturgo construye con hábil mano, comprueban que Edipo, sin saberlo, asesinó a su padre. Su espada lo atravesó en un cruce de caminos y ahora es delatado por el único testigo del hecho. Desesperado se saca los ojos y pide a Creonte, quien lo sucederá en el gobierno, se encargue de sus hijas-hermanas y le de muerte o lo destierre.
En esta ocasión tampoco voy a contar el final de este trascendental drama, con la firme esperanza de que el lector lo haga por si mismo.
Sin embargo, siempre es bueno reflexionar en la prudencia que debemos tener al opinar. La historia nos señala cuan conveniente es ser cautos y responsables el momento de juzgar. No en vano Sigmund Freud señalaba que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Por supuesto, esta responsabilidad es mucho más grande para comunicadores y gobernantes.

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