Crónicas:
Fuga
Gabriel Ulpiano García Torres
Tenía que irme de casa, no había más remedio. No importaba el hecho de que, en ese momento, sólo contaba con cinco años. Así que, sin pensarlo, tomé mi almohadita y un pequeño cofre de madera en el que reposaban todos mis tesoros: un carrito de acero, tres canicas y un roído lápiz. ¿A dónde ir? No importaba. Me iba. Con los atavíos de mi infancia salí del pequeño departamento. Fui hasta la esquina y con una mezcla de rabia, miedo y orgullo me senté a la vera de la calle. Caía la tarde y, con ella, la luz se empezaba a esconder detrás del viejo cerro que cobija la pequeña ciudad.
Había que planear en dónde pasar la noche. No pensaba en el hambre que, sin duda, empezaba a hacerse oír en los ruidos del estómago. Sin embargo, no podía dar marcha atrás.
Los carros rugían indolentes. No entendían que el mundo se estaba acabando; que mi rompimiento era para siempre. El planeta giraba gélido, sin percatarse de la enorme desgracia que había ocurrido. Mantener la dignidad era obligatorio. Claudicar no estaba en los planes, en ello me iba la vida.
¿Y los amigos? Me impresionó tanto que, en un momento tan duro, ninguno de ellos apareciera. ¿Todo había sido falso? ¿Cómo no estaban conmigo? ¿Tenían conciencia de que asistíamos a los últimos momentos de nuestro mundo? ¡Cuánta soledad!
El tiempo, con toda su brutalidad, me ha dado la razón. Han pasado cincuenta años de ese episodio, pero sus ecos siguen rondando mi memoria. Todavía lo pienso y no logro tener un inventario completo de los efectos de ese instante en el resto de esta pasajera vida. Pero, quizás, el acucioso lector exija que contextualice el episodio. Sin duda, su pedido es justo. Contémoslo, retrocediendo la línea del tiempo.
Estoy en la vereda, sentado con el cofre y la almohadita, suave, hecha de lino y algodón de ceibo. Los coches pasaban botando algo de polvo y un inconfundible olor a gasolina. Poca gente transitaba por la calle. Recuerdo bien los hechos: Los amigos de la pandilla, luego del partido de fútbol, fueron por su merienda. Lo mismo mis hermanos y yo. Todos corrimos a lavarnos las manos, sin embargo, mis padres fueron muy duros conmigo. Marlene, la única que me comprendía, no intentó defenderme. Entonces pensé que no había otro camino que la huida. ¡Cómo podían haberme hecho aquello! Era insoportable.
Momentos antes me había sentado frente al único aparato de televisión que había en casa. Era el tiempo para desconectarme de la realidad y ver los dibujos animados que, en el fondo, eran otra forma de interpretar el globo. Sin embargo, papá tenía que ver las noticias. Había una vuelta a la democracia, o no sé qué cosa, que era muy importante, Llegó y cambió de canal. Cuando protesté, mamá me mandó a callar y Marlene no dijo nada.
La cosa estaba clara, había que irse de casa.
13 de febrero de 2025